De la importancia de la Educación Artística
La educación artística no es un lujo ni un adorno en el currículo; es una necesidad fundamental para el desarrollo humano. Teóricos como <<Herbert Read>> sostuvieron que «el arte es aquello que nos hace humanos» y que la educación debería integrar el arte como su columna vertebral para lograr una formación integral. En esta línea, <<John Dewey>>, en su obra El arte como experiencia*, defendió que la experiencia estética es una celebración de la vida y un medio para comprender el mundo, mientras que <<Rudolf Arnheim>> demostró que la percepción y creación artística son procesos cognitivos complejos que organizan nuestro pensamiento visual. Lejos de ser una actividad menor, la educación artística y estética cultiva la sensibilidad, la capacidad de asombro y el pensamiento crítico, herramientas esenciales para navegar la complejidad del mundo contemporáneo.
En la ciudad de Bogotá, y de manera particular en las localidades del sur, esta formación adquiere una relevancia aún mayor. En territorios donde las brechas sociales y económicas son más pronunciadas, el acceso a la cultura y la educación artística se convierte en un potente vehículo de transformación y equidad. Iniciativas como los <<Centros de Formación Artística Crea>> del Instituto Distrital de las Artes Idartes o el programa <<Artes para la Paz>> demuestran que el arte es una apuesta por cambiar vidas. Al ofrecer espacios de creación y formación en dibujo, pintura, música y danza, se brinda a niños, jóvenes y adultos del sur de la ciudad la oportunidad de desarrollar su potencial, fortalecer su autoestima y construir tejido social, contrarrestando la estigmatización y abriendo caminos hacia un futuro más esperanzador.
Dentro de este universo creativo, las artes plásticas —el dibujo, la pintura y la creación tridimensional— ocupan un lugar central. Estas disciplinas son el lenguaje primigenio de la humanidad, un medio para plasmar la realidad, los sueños y las inquietudes más profundas a través de la imagen y el símbolo. Como señaló <<Arnheim>>, el arte no es solo emoción; es un acto de conocimiento que estructura nuestra percepción del mundo. El dibujo y la pintura permiten explorar el color, la forma y la composición, mientras que la creación tridimensional (escultura, instalación, cerámica) añade la dimensión táctil y espacial, desafiando al creador a pensar en volumen y materialidad. Este proceso de dar forma a la materia y a las ideas es una poderosa herramienta de expresión y autoconocimiento, que permite a las personas comunicar aquello que las palabras a veces no logran decir.
Finalmente, reconocer el valor de las artes plásticas es comprender su profunda dimensión cultural, social y política. Las imágenes y símbolos que creamos son el reflejo de nuestra identidad y memoria colectiva. En el contexto del sur de Bogotá, donde las narrativas oficiales suelen ser limitadas, el arte emerge como una voz propia y un acto de resistencia y reexistencia, tal como lo planteó <<Paulo Freire>> al vincular la estética con la construcción de una conciencia crítica y liberadora. Cada trazo, cada color y cada forma tridimensional son una afirmación de existencia y un cuestionamiento al statu quo. La educación artística, por tanto, no es solo una herramienta para el desarrollo individual, sino un pilar para la construcción de una ciudadanía más activa, sensible y democrática. Es un derecho que permite a todos los bogotanos, sin importar su origen, convertirse en protagonistas de su propia historia y en agentes de cambio para la ciudad que desean construir.






